Las legiones en marcha: Bush se larga por su cuenta

Jorge A Bañales. Desde Washington

Éste es para el mundo el final de una era y el comienzo de otra, en la cual se probará si Estados Unidos puede actuar por su cuenta, o si emerge ya otro reacomodo internacional menos dócil a los gustos y disgustos de Washington.

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Toda guerra es asunto desprolijo y nadie puede vaticinar cómo transcurrirá la campaña que se inicia, posiblemente, este miércoles cuando sean las 8 de la noche en la capital estadounidense. En esta cruzada casi exclusivamente sajona (260 mil soldados estadounidenses, 40 mil británicos y unos 6 mil australianos), Irak -un país de 22 millones de personas, cercado, agotado, espiado y bombardeado desde 1991, con dos tercios de su espacio aéreo sometido a control extranjero y unas fuerzas armadas desmoralizadas y mal pertrechadas- recibirá la furia tecnológica de la nación más rica del planeta.

Algo sí se sabe, y es cuán diferente será esta campaña de la de 1991. En lugar de los 42 días de bombardeos y misilazos que precedieron a la entrada de la infantería estadounidense en Kuwait, el Pentágono empleará ahora la táctica de "pavor y sobrecogimiento": en las primeras 48 horas de acción se descargará sobre los iraquíes más munición guiada que la empleada en las siete semanas de 1991, una andanada tal que se espera que mandos y subordinados iraquíes queden alebrados como los japoneses de Hiroshima en 1945 cuando una sola bomba les inauguró el horror.

Pero también pueden ocurrir otras muchas cosas.

Quizá algún general iraquí decida, cuando las legiones imperiales avancen, que más vale vivir como Herodes que morir como lugarteniente de Vercingétorix y entregue a Saddam vivo o muerto para congraciarse con el procónsul.

Quizá los militares iraquíes acepten la lógica del violador que tan claramente expresó el secretario de Estado, Colin Powell, y que se les ha repetido en tres millones de volantes lanzados desde aviones, y tampoco peleen en defensa del territorio patrio como no pelearon por la posesión del ajeno en Kuwait en 1991.

Quizá los 21 mil soldados de la Tercera División del Ejército, y los 64 mil de la Primera Fuerza Expedicionaria de la Infantería de Marina de Estados Unidos avancen arrolladoramente, detrás de un telón de 3 mil bombas y misiles guiados, desde Kuwait a Basora y de ahí a Bagdad, sólo para encontrarse con que los fieles de Saddam en la Guardia Republicana los esperan para un entrevero casa por casa, calle por calle, cloaca por cloaca. Allí donde poco sirven las municiones "inteligentes" lanzadas desde bombarderos B-52 de gran altura.

El desenlace, por ahora, parece cantado: el régimen de Saddam Hussein se terminó. El optimismo de que la guerra será breve y exitosa ya causó subas en los mercados de especulación financiera de Estados Unidos y Europa, y bajas en los precios del petróleo. Esto último porque otros países exportadores de crudo ya prometieron que compensarán cualquier escasez que acompañe al conflicto armado, y porque a la larga se espera que retorne al mercado mundial el petróleo iraquí, esta vez con participación de empresas estadounidenses, y no sólo francesas, chinas, españolas o rusas.

En la inauguración del "nuevo orden mundial" el presidente George Bush, padre, coaligó a más de 120 países en la guerra contra Irak, y algunos de los más poderosos que no enviaron tropas, como Japón y Arabia Saudita, contribuyeron de manera sustancial al financiamiento de la campaña.

Hoy, en su intento por establecer un orden mundial diferente, Bush hijo cuenta con las tropas de dos socios anglos, el Reino Unido y Australia y alguna forma de apoyo militar de Polonia y Dinamarca. Otros países como Italia, España, Holanda y Rumania han ofrecido ayuda en la forma de bases para las operaciones aéreas, puertos para los suministros, y comunicaciones. Tres países latinoamericanos (Colombia, El Salvador y Nicaragua) completan la lista de potencias como Letonia, Lituania, Macedonia, Eritrea, Albania, Afganistán, Azerbaiyán y Uzbekistán que dan su apoyo no especificado. En la treintena de coaligados no figura un solo país árabe y, para esta campaña, Washington no cuenta en América Latina ya con su voluntariosa Argentina.

LA PRETENSIÓN IMPERIAL. Con tan magra compañía marcha Estados Unidos a contramano de la política internacional que empezó a construir cuando, provocado y con dos años de atraso, entró en la Segunda Guerra Mundial.

En la guerra contra el nazismo y el imperialismo japonés, en la construcción de las Naciones Unidas, el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y toda una red de tratados y convenciones internacionales, Washington promovió durante más de medio siglo el concepto de seguridad colectiva, la legitimación de sistemas y sanciones por vía del apoyo internacional.

Esta concepción del mundo sobrevivió a la desaparición del bloque soviético, y Bush padre -él mismo soldado combatiente en la Segunda Guerra Mundial y por lo tanto moldeado por esa visión- forjó una amplia coalición para la primera Guerra del Golfo. Durante las dos administraciones del presidente Bill Clinton, Washington continuó buscando el respaldo multilateral para operaciones como Somalia, Bosnia y Kosovo, y siguió negociando acuerdos comerciales, ambientales, laborales.

Parece tan lejano que cuesta recordarlo. Hace apenas tres años, Estados Unidos, con sus 557 mil millones de dólares de superávit en sus arcas y tras diez años de bonanza económica, parecía a punto de tragarse al planeta por la mera pujanza de su cultura consumista y la panacea de la apertura de mercados. Los ministros de comercio de decenas de países formaban fila para firmar en Washington pactos de comercio libre y la globalización capitalista.

Aun el mismo George W Bush, durante la campaña electoral de 2000, insistía en que Estados Unidos debía actuar con "humildad" en el contexto internacional, apoyándose en la cooperación con otras naciones para problemas de interés común ya que los estadounidenses no podían ser policías del planeta ni cargar con el costo de todos sus males.

En los dos años y dos meses que Bush lleva en la Casa Blanca, Estados Unidos repudió el tratado de Tokio sobre el ambiente y el tratado firmado con Moscú sobre misiles balísticos. Washington ha dado la espalda al Tribunal Internacional de Justicia de La Haya, y las negociaciones para la apertura comercial han quedado muy postergadas.

En medio de las protestas de millones de personas en todo el mundo, "Estados Unidos entrará en su primera guerra preventiva enfrentado a la oposición de casi todos sus aliados y la mayor parte del resto del planeta", escribió el jefe de editoriales de la revista Business Week, Bruce Nussbaum. "Un mundo que se puso del lado de Estados Unidos en demostraciones de apoyo sin precedentes después de los ataques terroristas del 11 de setiembre, cada vez lo percibe más como un gran peligro para la paz."

En el centro de este viraje, que moldeará las relaciones internacionales quizá por décadas, se encuentra un núcleo de expertos, diplomáticos, académicos, ex militares y analistas que han construido el esquema conceptual en el cual se mueve el presidente Bush. Un punto en común de varios de ellos es la idea de que Estados Unidos tiene la oportunidad, y casi la misión histórica, de una intervención en los países musulmanes que reconfigure, modernice, democratice, y haga capitalistas y decentes, pues, a los árabes.

Michael Ledeen, uno de estos expertos, opina que más allá de Irak, Estados Unidos "estará obligado a librar una guerra regional, nos guste o no. Tan pronto como pongamos pie en Irak enfrentaremos a toda la red terrorista", que incluye la Organización para la Liberación de Palestina, Hizbollá, Hamas, Jihad Islámica y otros grupos en Irán, Siria, Arabia Saudí, Yemen. "Puede que resulte una guerra para rehacer el mundo."

Bush ya ha indicado que la incursión en Irak y la transformación de éste en un modelo para la región es el comienzo de "cambios de régimen" que podrían continuar en Irán, Siria, Arabia Saudí, el Líbano, la olp, Sudán, Libia, Yemen, Somalia. Otro de los pensadores prominentes de esta corriente, Richard Perle, opina que a esos estados "podemos darles un mensaje breve: 'el próximo eres tú'".

William Kristol y Lawrence F Kaplan, autores del libro The War Over Irak, han escrito que "la misión comienza en Bagdad, pero no termina ahí. Estamos en el vértice de una nueva era histórica. Éste es un momento decisivo, claramente, es acerca de mucho más que Irak, mucho más siquiera que el futuro del Oriente Medio y la guerra contra el terrorismo. Es acerca de qué papel quiere jugar Estados Unidos en el siglo XXI".

Es tal la autosuficiencia con que esta gente considera el papel de Estados Unidos que su arrogancia intelectual apenas encubre su ignorancia histórica y su torpeza práctica. La supuesta democratización del "mundo árabe" incluye, según algunos de estos planificadores de destinos ajenos, la restitución de la monarquía en Irán -trayendo al hijo del difunto sha Reza Pahlevi- y de la monarquía en Irak, derrocada en 1958, llevando al trono de Bagdad al príncipe Hassan de Jordania, hermano del difunto rey jordano y pariente de la familia hashemita iraquí.

Esta gente, al parecer, no ha reflexionado mucho sobre antecedentes como la invasión francesa de Egipto en 1798; las incursiones británicas en Egipto (1882), Irak (1914); el ataque franco-anglo-israelí en 1956 para controlar el Canal de Suez, o la invasión israelí del Líbano en 1982. Tampoco parece que les interese demasiado la posibilidad de que, tras la invasión estadounidense, Irak se fracture en sus realidades más antiguas, las viejas provincias del perdurable Imperio Otomano, Mosul con mayoría kurda, Bagdad con mayoría suni, y Basora con mayoría chiita.